No me gustan los niños. Posiblemente sea una envidia reprimida por la inocencia, las pocas cosas por las que arrepentirse y el potencial de poder ser lo que se quiera. La gracia de cruzarte con un niño es que no sabes si dentro de 50 años será el Presidente del Gobierno, un Nobel de la paz o un hijo de puta más. Ese potencial, que tengo siempre en mente al hablar con ellos, es lo que hace que no pueda tratar a los niños como a niños. Por eso no nos llevamos bien, culpa mía.
Ayer pasé la tarde visitando a niños hospitalizados, como la pasada navidad. Allí las cosas son distintas. Sus padres y ellos no saben lo que van a ser, pero saben lo que no van a ser. El potencial ya no es infinito pero la inocencia es la misma, entonces logro conectar con ellos concentrándome en el presente y no en el futuro.
Se aceptan y asumen mejor que los adultos su enfermedad porque, a diferencia de los padres, ellos no tienen planeada mentalmente una vida sin sobresaltos desde el parto hasta la primera comunión de sus nietos. Ellos piensan en el ahora y por eso es fácil entretenerles. Ningún niño me ha hablado sobre todo lo que podría haber hecho si no hubiera estado enfermo, pero sí los padres. Los únicos con planes truncados son los padres.
Comprendo a esos padres, pero no me llaman la atención. Sus hijos sí, porque obligan a pensar ¿Cómo se responde a "yo tengo una enfermedad ¿tú de qué equipo eres?". Con frases como esa te dejan claro que son conscientes de lo que pasa, pero que no van a perder el tiempo lamentándose.
Cuando ya dejan de ser niños, pierden el tiempo lamentándose de cosas de las que ni siquiera son plenamente conscientes. Y encima lo llamamos madurar.
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