
Ayer me dijeron que era una persona "que creía en el ser humano" y le he dado vueltas. Antes, hace poco, hubiera contestado que no sin pensarlo. Ahora contestaría que sí.
Alguien que no cree en el ser humano es aquel que etiqueta a la gente, sin hacerse preguntas. Es cuando se pierde la esperanza en la gente y en los cambios que pueden transformar una sociedad. Se hacen bandos: los buenos y los malos, los que se parecen a mí y los que no. Todo esto cierra a las personas a tratar de comprender a al resto y a sus circunstancias. Cerrarse a esto, es generar el miedo propio a los demás.
Desde que cambié de punto de vista e intento comprender, he perdido el miedo a la gente. Ahora nunca juzgo, aunque tenga un gorrito de papel de plata en la cabeza. Hacer chistes después sí, pero nada de cruzar la acera para evitar a un drogadicto. Antes sí lo hacía.
Entre otros motivos personales, el tiempo que estuve en Nueva York me ayudó mucho, porque solo se acercaban a mí los que consideramos "chalados". Nadie puede hacerse una idea de la cantidad de gente que me paró por la calle para tener conversaciones surrealistas. Y admití que a la vez que me sorprendía, me daba miedo. No lo entendía y no sabía por donde iban a salir. Pero charlé con yonkis, inmigrantes, ricos, locos y hasta con señores que viven en los pasillos de la estación de Times Square con miedo al fin del mundo. Me invitaban a comer solo por seguir charlando conmigo y yo aceptaba. Propuse a absolutos desconocidos irse de viaje conmigo. La última vez que estuve en Madrid invertí 20 minutos en hablar con un vagabundo que creía firmemente que Obama era un enviado de Dios. He debatido con proetarras, he jugado al bingo con un hombre más franquista que Franco, he debatido con los Testigos de Jehová que llaman a mi puerta cuando he tenido tiempo y he gastado horas charlando con canis. Ya no es que no evite a toda esta gente, es que me gusta.
Cuando escribo, desde luego no parece que crea en el ser humano. Sé que no puedo esperar que ni tan siquiera la mitad tenga conciencia social, o que sean la esperanza de un mundo mejor, pero creer en la gente no es esperar cosas de ella sino comprender por qué hoy no podemos esperar nada. Es ver el potencial y las causas. Es comprender que el señor con el gorrito de papel de plata que grita que el mundo se acaba es una persona que si tuviera exactamente mi capacidad física y mental, exactamente mis conocimientos y exactamente mis mismas condiciones de vida, probablemente sería como yo. Esto me lleva a pensar que no existe la gente mala, existe gente con circunstancias. Incluso los más psicópatas se creen buenas personas. No es que sean malas, es que simplemente (en el caso de los psicópatas) no tienen la misma capacidad mental que el resto para empatizar.
No se confunda nadie, no soy la Madre Teresa ni un anuncio de Aquarius. No estoy hablando de solidaridad ni nada de eso. Estoy hablando exclusivamente de comprensión, y por tanto, de falta de miedo.
Creo en el ser humano, pero no espero nada de él en conjunto porque tiene falta de información, de voluntad y las condiciones de vida no pueden ser más propicias a una pérdida progresiva de la empatía. Eso es lo que hace que esté tan cabreado: que creo en nuestro potencial, y viendo los resultados, es evidente que lo estamos dejando morir.
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