29 oct 2011

Vengo de su centro de salud

   Ahora que me ha tocado ir de casa en casa visitando pacientes, estoy acercándome más a cómo es la realidad sevillana. Estoy en un centro de salud que atiende a dos zonas, una de clase media (a veces media-alta) y otra de clase baja, y eso me permite comparar. Voy a destacar las cosas que más me han llamado la atención:

- En ambas zonas, hay pacientes muy dependientes del sistema sanitario público. Algunos requieren una visita al día, todos los días, durante muchos meses. Son un grupo de pacientes no muy amplio, pero consumen la mayor parte de los recursos. Por tanto, posiblemente sean las víctimas número uno de los (previsibles) futuros recortes.

- En no pocos casos, el problema empezó en la cabeza del paciente. Tengo una paciente que por un asunto personal empezó a no querer ni levantarse de la cama. En poco tiempo, se le formaron dos úlceras en las que caben mis puños. Necesita una cura diaria a domicilio desde hace un año y ha tenido que ser intervenida dos veces. El coste de una cura de una úlcera de su grado ronda entre los 3.000 y los 5.000 euros, sin contar las intervenciones quirúrgicas. Seguramente, un tratamiento psicológico en el momento adecuado hubiera evitado todo esto y muchas lágrimas. Como ella, varios más.

- Todas, repito, todas las casas en las que he estado desde que empecé, tienen referencias religiosas. Es algo en lo que me fijo mucho. Cristos, cruces, azulejos con mensajes, estampas, rosarios... Yo creía que la gente de la calle era más como mi entorno: algunos religiosos, otros no. Pero no. Probablemente tiene que ver con la edad y con el nivel de estudios.

- En muchos casos, las personas todavía asocian la enfermedad a una voluntad de dios, convirtiendo así la religión en causa y solución a la vez, entrando en el bucle de la culpa y el sufrimiento. Creen que están enfermos porque lo merecen. O bien están muy desconcertados porque no entienden por qué han enfermado, al ser buenos católicos. No sé muy bien como manejar esto. El sentido común nos dice que deberíamos tratar de sacar al paciente de ese ciclo destructivo, pero por otro lado es una intromisión clara y quita a la persona la única herramienta de afrontamiento que tiene. Tampoco tenemos los recursos, ni el tiempo. Una cosa me queda clara: hay que vacunar a los niños de la religión, como se vacuna contra el tétanos y la difteria. Con los adultos, ya todo es más difícil. No sabía que seguía tan extendido el concepto enfermedad como castigo divino.

- Hay algo en común (aparte de las estampas religiosas) entre las casas de los más pobres y los más ricos: el tamaño de su televisor. Da para hacer un estudio, lo prometo.

- Hay gente que no termina de entender el servicio de atención domiciliaria. Se creen que es como pedir una pizza. Esto existe, exclusivamente, para la gente que no puede desplazarse al centro de salud, no para hacer la vida más cómoda a todo el mundo. Por alguna razón, existen casos en los que consiguen acceder a este servicio sin necesitarlo, y eso conlleva necesariamente la vista gorda de un médico. Los del centro de salud me han contado mil historias, de cruzarse por la calle a gente que visita a diario por "no poder moverse de la cama". Ayer, sin ir más lejos, estuve de visita domiciliaria en casa de un señor que me contaba que el lunes pasado caminó varios kilómetros. De hecho, al irme, ya estaba preparado para salir otra vez. Se lo he comentado a la consejera de salud y dice que le parece inadmisible, y que aunque le parece complicado discriminar va a darle una vuelta al tema. Veremos...

- Las personas a cargo de los enfermos, al menos en las zonas de Sevilla que visito, son mujeres familiares directos o latinoamericanas contratadas por los hijos. Muy raramente, hijos varones. Las cuidadoras latinoamericanas suelen implicarse mucho. Están infravaloradas.

- Hay mucha gente sola o que se siente sola, que además lo dice abiertamente. Vengo observando que esto suele derivar en un peor estado de salud, no por incapacidad, sino por descuido. Empiezan por reducir las salidas y luego les cuesta mucho volver al mismo nivel de actividad. Por supuesto, aprovechan cualquier ocasión de contacto con el sistema sanitario para hablarle y llorarle a alguien. Creo que es el punto débil del sistema sanitario y creo que sobre eso haré mi trabajo de fin de carrera. No se trata la salud mental correctamente, ni hay recursos ni protocolos de derivación. Se les trata como a pesados, en ocasiones. Nos vemos forzados a pedirles que dejen de hablar porque hay más pacientes. Lo peor no es el desplante, sino que el problema queda ahí, y finalmente acaba siendo físico: normalmente con costes de tratamiento más caros que su prevención. Esto satura el sistema, consume recursos y mucho tiempo y hace pasar al paciente por un calvario evitable. Se puede cambiar, adaptando el sistema de atención primaria.

Hay muchas cosas más que escribiría, que estoy viendo a diario, pero por hoy creo que ya está bien.

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