El contacto con el hospital, con las personas enfermas, me está cambiando.
El lado bueno de la experiencia supone un empujón para disfrutar más las cosas que se suponen insignificantes. Un paseo en bici, un viaje, ver una película, no tomar pastillas en el desayuno. No me cabe duda de que aprecio más las cosas que la mayoría.
El lado malo de la experiencia supone saber que probablemente tenga que acabar mis días buscando la manera de suicidarme sin que el personal sanitario se dé cuenta y pueda impedirlo. Tengo las cosas claras. Sé cómo quiero vivir y cómo no quiero vivir.
Tenemos el derecho a la vida, a la atención sanitaria gratuíta, a no sufrir dolor. Tenemos derechos relacionados con nuestra vida, pero ninguno relacionado con nuestra muerte.
Estoy en contacto directo con personas que, sin tener familia, deben esperar la muerte en una cama, sin posibilidad de mejoría, durante días, semanas o meses. No digo que haya que matarlos, no confundamos. Ellos tienen el derecho a vivir y a que se respete todo lo que decidan sobre sus propias vidas. Pero también deberían tenerlo sobre lo que decidan sobre su muerte.
Yo he decidido que no quiero acabar así, y si llegada una edad ocurre, tendré que ingeniarmelas para sacar fuerzas de donde sea y arrastrarme hasta el control de enfermería para robar algo que ponerme a medianoche. Sé que al leerlo suena brusco, pero lo estoy diciendo completamente en serio. Es un tema que me preocupa a pesar de mi edad.
Tenemos el derecho de renunciar a los tratamientos, pero no tenemos el derecho de morir. El derecho a una muerte digna suena bonito, pero es otra mierda orientada a evitar que tengamos derecho a morir. Es un intento de convencernos de que de otra manera sería una muerte indigna. Traducido al idioma de la calle: tenemos derecho a retorcernos de dolor si así lo decidimos, pero aún no tenemos derecho a acabar con el sufrimiento de una vez por todas.
En la Edad Media la enfermedad era considerada un castigo de Dios y se curaba con el arrepentimiento. A través del dolor se limpiaba tu alma. Ahora, en éste siglo, grupos religiosos influyentes en la política siguen creyendo en la salvación a través del dolor. Sé que estos grupos religiosos intentan salvar nuestras almas, pero yo ya estoy cansado de que salven la mía. Ruego que me dejen arder en los infiernos y que no tumben más mi voluntad.
Pedir a los políticos es tarea absurda ahora que han separado totalmente los pies del suelo, por eso te pido a tí, que has invertido algo de tu tiempo en leer ésto, que lo pienses. Que te imagines en una cama para siempre y sin posibilidad de mejora. Sin posibilidad de comunicarte apenas. Sólo esperando tu muerte en unas semanas, meses o años.
Piénsalo y ayúdame a destruir la opinión mayoritaria de la religión católica, desde dentro o desde fuera. La política siempre irá por detrás de la gente, así que tenemos que ser nosotros los que pidamos cambios. Ya nos dicen cómo tenemso que vivir, no necesitamos que nos digan cómo tenemos que morir.
PSOE y PP están en contra de el derecho a morir. Vota en consecuencia.